La tormenta no siempre avisa. A veces llega en medio de un día que parecía estar en orden. Sin señales. Sin advertencias. Sin preparación posible. De pronto, el cielo se cierra, el viento ruge, todo tiembla y nos quedamos sin saber qué hacer ni por dónde empezar.
Así aparecen muchas crisis en nuestra vida: inesperadas, intensas, desconcertantes. Puede ser una llamada, un diagnóstico, una pérdida, una traición o un cambio abrupto que lo revuelve todo.
Seguir el camino no siempre evita la tormenta
Hay quienes piensan que hacer las cosas bien debería protegernos del caos. Que si seguimos el camino correcto, nada demasiado difícil debería ocurrir. Pero la vida no siempre funciona así.
Hay una escena de los Evangelios que siempre me hace pensar en eso.
En el relato de Marcos, Jesús les dice a sus discípulos que crucen al otro lado del lago. Ellos suben a la barca con él y emprenden el camino. No estaban huyendo ni tomando una dirección distinta de la que Jesús les había indicado.
Y aun así, en medio del trayecto, se desató una tormenta.
Las olas golpeaban con tanta fuerza que la barca comenzaba a llenarse de agua. Mientras tanto, Jesús dormía en la parte de atrás de la embarcación.
Pasaje: Marcos 4:35-38
La pregunta que aparece cuando tenemos miedo
Los discípulos lo despertaron con una pregunta profundamente humana: sentían que podían hundirse y querían saber si a Jesús le importaba lo que estaba pasando.
Esa pregunta no me resulta tan distante.
Hay momentos en los que también nosotros intentamos ser fuertes. Nos repetimos “yo puedo”, “esto pasará”. Tratamos de controlar el viento, sacar el agua que entra y remar con todas nuestras fuerzas.
Hasta que llega un punto en el que tenemos miedo.
Y quizá nuestra pregunta se parece bastante a la de aquella barca: ¿Dónde está Dios cuando parece que me hundo? ¿Me escucha? ¿Le importa lo que estoy viviendo?
Para mí, una de las cosas más honestas de este relato es precisamente esa: los discípulos estaban con Jesús y aun así tuvieron miedo.
Jesús seguía en la barca
Cuando lo despertaron, Jesús se levantó, reprendió al viento y habló al mar. El viento cesó y llegó la calma.
Después les preguntó por qué tenían tanto miedo y habló con ellos sobre su fe.
Pasaje: Marcos 4:39-41
Tal vez no siempre podamos escoger cuándo llega la tormenta, pero podemos recordar quién permanece con nosotros mientras la atravesamos.
Cuando leo esta historia, no pienso que Jesús dormía porque la situación no importara. El texto no nos explica por qué dormía. Lo que sí cuenta es que seguía allí.
Seguía en la misma barca que estaba siendo golpeada por el viento.
Y esa imagen, desde mi fe, me acompaña mucho: la presencia de Dios no siempre significa ausencia de tormentas.
La fe también puede sentirse pequeña
Puedes estar atravesando algo que te hace sentir que tu fe, tu fuerza o tu esperanza son demasiado pequeñas. Quizá no sabes cuánto más puedes resistir.
Pero esta historia no comienza con personas perfectamente tranquilas. Comienza con personas asustadas que despiertan a Jesús porque sienten que ya no pueden manejar lo que está ocurriendo.
A veces la fe no se parece a mantenerse firme sin sentir miedo. A veces se parece más a reconocer que tenemos miedo y buscar ayuda en medio de él.
Para quienes compartimos la fe cristiana, esta historia deja una imagen poderosa: Jesús no abandonó la barca cuando comenzó la tormenta.
Y aun si hoy no compartes mi manera de creer, quizá también puedas encontrar algo humano en esta escena: no tenemos que atravesar solos todo aquello que no podemos controlar.
Cuando todavía no vemos la orilla
No todas nuestras tormentas terminan tan rápido como la de aquel relato.
Hay procesos que duran meses. Otros cambian nuestra vida para siempre. Hay oraciones cuya respuesta no llega de la forma que esperábamos y situaciones para las que todavía no tenemos explicación.
Por eso no quiero usar esta historia para decir que todo problema desaparecerá si tenemos suficiente fe.
Quiero quedarme con algo más sencillo.
Cuando el cielo se oscurece, cuando no vemos todavía la orilla y cuando sentimos que nuestras fuerzas no alcanzan, podemos pedir compañía.
Desde mi fe, puedo recordar que Dios sigue presente incluso cuando la tormenta todavía no ha terminado.
La tormenta puede ser parte de tu historia. No tiene que ser toda tu historia.
Pasajes bíblicos que inspiran esta reflexión
Esta reflexión nace principalmente del relato de Marcos 4:35-41, cuando Jesús y sus discípulos atraviesan una tormenta mientras cruzan el lago.
La misma escena también aparece en Mateo 8:23-27 y Lucas 8:22-25.
A partir de esos relatos comparto una reflexión personal sobre el miedo, la fe, la incertidumbre y la compañía durante los procesos difíciles.
Gracias por leerme y caminar conmigo. 🦋